Dislipemia
Alteraciones metabólicas
La dislipemia engloba un conjunto de alteraciones del metabolismo de las grasas o lípidos en el organismo. Es una de las condiciones más frecuentes en la población y está estrechamente relacionada con el desarrollo de enfermedades cardiovasculares, como la arteriosclerosis, el infarto de miocardio o el ictus.
Artículo firmado por nuestra terapeuta:
Glenn Cots
Estas alteraciones consisten en cambios cualitativos y/o cuantitativos en los niveles de las lipoproteínas en sangre. El problema no es únicamente el valor aislado en una analítica, sino el proceso progresivo de acumulación de lipoproteínas aterogénicas en la pared arterial. Un proceso que, aunque aumenta con la edad, cada vez observamos de forma más precoz en personas jóvenes debido al estilo de vida actual.
Desde el abordaje integrativo, la dislipemia no se entiende solo como un valor aislado, sino como el resultado de la interacción entre factores metabólicos, genéticos, hormonales y, sobre todo, de estilo de vida.
Aunque se asocia con frecuencia a la obesidad abdominal y al sedentarismo, no siempre está ligada al peso corporal, ya que pueden presentarla personas con normopeso. En este sentido, la predisposición genética, la resistencia a la insulina, la inflamación crónica de bajo grado y los hábitos diarios juegan un papel clave en su desarrollo.
Causas de la dislipemia
La dislipemia es de origen multifactorial. Se trata de un reflejo de un desequilibrio global del metabolismo y del estado inflamatorio del organismo. Los principales factores de riesgo son:
Alimentación y estilo de vida: El consumo de grasas trans, aceites vegetales refinados, exceso de azúcares añadidos, productos ultraprocesados y una ingesta calórica excesiva mantenida en el tiempo favorece la alteración del perfil lipídico. El sedentarismo y la falta de actividad física contribuyen a la disminución del colesterol HDL (el "protector") y eleva los triglicéridos y el LDL.
Obesidad abdominal: La grasa visceral actúa como un órgano endocrino que libera sustancias proinflamatorias y ácidos grasos libres, favoreciendo la resistencia a la insulina y el aumento de los lípidos en sangre.
Predisposición genética: Existen variantes (como la hipercolesterolemia familiar) donde el organismo produce más colesterol o lo elimina peor de forma hereditaria.
Edad: a medida que envejecemos, se produce una acumulación progresiva de grasa en las paredes de las arterias.
Factores hormonales: En las mujeres, la llegada de la menopausia supone una pérdida del efecto protector de los estrógenos, lo que suele elevar el colesterol LDL y una disminución del HDL.
Inflamación crónica de bajo grado: La inflamación crónica favorece procesos de estrés oxidativo y disfunción endotelial que facilitan la oxidación de las partículas LDL y su acumulación en la pared arterial.
Síntomas de la dislipemia
Se la conoce como la "enfermedad silenciosa" porque, en la gran mayoría de los casos, no produce síntomas evidentes hasta que el daño vascular es importante. Sin embargo, en casos severos o genéticos, pueden aparecer señales físicas:
Xantomas y xantelasmas: Pequeños depósitos o bultos de grasa en la piel, tendones o alrededor de los párpados.
Arco corneal: Un anillo blanquecino alrededor del iris (especialmente significativo en menores de 45 años).
Molestias digestivas: Cuando los triglicéridos alcanzan niveles muy elevados, aumenta el riesgo de pancreatitis aguda, que puede provocar dolor abdominal intenso, náuseas y vómitos.
Consecuencias derivadas: El exceso de colesterol y triglicéridos favorece la formación de placas de grasa en las arterias, lo que incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, como infartos, ictus o problemas de circulación en las piernas. En estos casos, los síntomas dependerán del órgano afectado y no de la dislipemia en sí.
Métodos de valoración de la dislipemia
El diagnóstico de la dislipemia se basa principalmente en la evaluación analítica del perfil lipídico en sangre, complementada con la valoración clínica y la identificación de otros factores de riesgo cardiovascular.
La prueba fundamental para el diagnóstico tradicionalmente se solicita en ayunas, especialmente para valorar con precisión los triglicéridos.
Para un diagnóstico preciso, no basta con mirar el "colesterol total". Es necesario un perfil lipídico completo y contextualizado:
Colesterol total (CT): proporciona una visión global del colesterol circulante, es decir, de la carga total de colesterol que transportan todas las lipoproteínas. Su correlación con riesgo cardiovascular es bastante baja.
Colesterol LDL: conocido como colesterol aterogénico o colesterol “malo”, es la principal lipoproteína implicada en el proceso de aterosclerosis. Su elevación se asocia directamente con un mayor riesgo de aterosclerosis y enfermedad cardiovascular, aunque es un dato que, de forma aislada, no permite ver el riesgo real si no conocemos el tamaño de las partículas o su grado de oxidación.
Colesterol HDL: denominado colesterol protector, ya que favorece el transporte del colesterol desde los tejidos hacia el hígado para su eliminación. Valores bajos de HDL se asocian a mayor riesgo cardiovascular.
Triglicéridos (TG): Su elevación suele estar muy ligada al consumo de azúcares, harinas refinadas, alcohol y a la presencia de resistencia a la insulina.
Marcadores avanzados:
Apolipoproteína B (ApoB): es hoy en día uno de los mejores predictores de riesgo, ya que mide el número total de partículas con capacidad de producir aterosclerosis. Cada partícula de LDL contiene una molécula de ApoB100.
Apolipoproteína A (ApoA): proteína principal del HDL, relacionada con su funcionalidad y capacidad de transporte reverso del colesterol.
Lipoproteína (a): tiene un fuerte componente genético y es un factor de riesgo independiente (no depende de los niveles de LDL, TG o colesterol total) de aterosclerosis y trombosis. No responde significativamente a estilo de vida.
Otros valores interesantes:
Marcadores inflamatorios: PCR-us, VSG, homocisteína, transaminasas
Glucosa, HbA1c, insulina
Hablar de ApoB y tenerla en cuenta en analítica es muy importante, porque dos personas pueden tener los mismos valores de riesgo en una analítica tradicional, el LDL y los TG, sin embargo, presentar riesgos muy distintos. Por eso resulta importante revisar siempre los valores de ApoB, para evitar tanto la prescripción innecesaria de estatinas como la infravaloración del riesgo cardiovascular real.

Además de la analítica, el diagnóstico de dislipemia debe contextualizarse dentro del riesgo cardiovascular global del paciente. Para ello, se tienen en cuenta otros factores asociados, como:
la presencia de obesidad abdominal,
hipertensión arterial,
diabetes mellitus o niveles de glucosa elevados,
sedentarismo,
resistencia a la insulina,
tabaquismo,
antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular,
o menopausia en la mujer.
Abordaje terapéutico: hábitos de vida y acompañamiento integrativo
La intervención nutricional y el cambio de hábitos son un pilar fundamental, incluso por encima de la suplementación o medicación en muchos casos.
El objetivo principal es favorecer un perfil lipídico saludable y equilibrado y mejorar marcadores inflamatorios en caso de estar alterados. Algunas de las estrategias más efectivas son:
Llevar un patrón alimentario saludable: basado en el modelo de dieta mediterránea, rica en alimentos frescos y poco procesados, con abundancia de verduras, frutas, legumbres, proteína de calidad, frutos secos y aceite de oliva virgen extra. En algunos casos recomendamos low carb, aunque ojo, porque en algunos individuos puede aumentar el LDL, especialmente en personas con bajo porcentaje graso o fenotipo lean mass hyper responder.
Mejorar la calidad del patrón graso: Priorizamos grasas antiinflamatorias (Omega-3 del pescado azul, AOVE, frutos secos) y eliminamos las grasas más perjudiciales para la salud cardiovascular, especialmente las grasas trans presentes en ultraprocesados y los aceites sometidos a altas temperaturas o reutilizados en frituras.
Reducir la carga glucémica: Controlar los azúcares es clave para bajar los triglicéridos y mejorar la sensibilidad a la insulina.
Aumentar el consumo de fibra: ayudar a reducir la absorción de colesterol y favorecer su eliminación a través de las heces.
Ejercicio de fuerza y cardiovascular: contribuye a mejorar el HDL y, sobre todo, la función metabólica y vascular. Además de mejorar la sensibilidad a la insulina en el músculo esquelético.
Disminución de la grasa abdominal: un aspecto crucial para mejorar la sensibilidad a la insulina y reducir el riesgo cardiovascular.
Gestión del estrés y descanso: El cortisol elevado (hormona del estrés) y la falta de sueño alteran la síntesis hepática de lípidos.
Suplementación: existen herramientas naturales como la levadura roja de arroz (siempre acompañada de coenzima Q10), omega-3, fibra soluble (como psyllium, beta glucanos o inulina) o berberina, que pueden ser aliados siempre bajo supervisión.
Acompañamiento desde La Consulta integrativa
Controlar la dislipemia no consiste solo en "bajar un número" en un papel, sino en proteger tu salud cardiovascular a largo plazo y recuperar el equilibrio metabólico.
En La Consulta integrativa contamos con nutricionistas y profesionales sanitarios que analizarán tu caso de forma global, teniendo en cuenta no solo tus analíticas, sino tu genética, tu contexto hormonal y tu estilo de vida.
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Libros:
Salas-Salvadó J, Bonada A, Trallero R, Saló J. Nutrición y metabolismo. 2ª ed. Barcelona: Editorial Médica Panamericana; 2019.
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